Volví a leer La insoportable levedad del ser. Es mi libro favorito de toda la vida, pero esta vez fue distinto. Con el cuerpo todavía magullado por la caída de la moto y la cabeza extrañamente clara, el texto me pegó de otra forma.
El libro arranca con el eterno retorno, esa idea desquiciante de Nietzsche: que todo lo que hemos vivido volverá a ocurrir exactamente igual, una y otra vez, hasta el infinito. Es inevitable preguntarse qué significa realmente ese absurdo.
Si supiéramos que cada error va a repetirse exactamente igual, todo se vería distinto. Solemos caer en la trampa de perdonarlo todo simplemente porque termina. Como dice Kundera, el crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia. Todo, incluida la guillotina. Justificamos el daño y suavizamos los errores porque sabemos que son pasajeros.
Pero si cada instante va a repetirse infinitas veces, ya no puedes esconderte en el tiempo. En ese mundo circular cada gesto pesa como si fuera eterno. Por eso Nietzsche lo llamó la carga más pesada.
Es ese peso el que nos aterra y nos empuja a buscar atajos.
Carl Jung decía que hasta que uno no haga consciente el inconsciente, este se encargará de dirigir la vida y lo llamaremos destino. Llamamos destino a lo que no queremos asumir como elección.
Frenar esa inercia duele. Cuesta muchísimo trabajo dejar de operar en automático y mirar de frente el bucle. Estos años de lucha pesan ahora mismo. Pero intuyo que un día los voy a recordar como los más bellos. La fricción es la única prueba de que el mecanismo por fin está cambiando.
Toparse con el mismo muro por enésima vez te cambia la visión. Hoy entiendo que ese ciclo no es una venganza de la vida. Es una invitación incómoda a elegir diferente. Cuando por fin decides soportar tu propia carga y cambias la respuesta, el círculo se rompe.
No se trata de avanzar más rápido. Se trata de levantarse distinto.
La salida nunca fue hacia adelante. Era hacia arriba.
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