Terminé de leer Carta al padre de Franz Kafka ayer. Desde entonces cargo con una sensación rara en el pecho, de esas que no sé bien cómo nombrar. No fue una lectura cómoda. Hubo párrafos en los que tuve que parar, dejar el libro sobre la mesa y quedarme mirando la nada un rato.
Kafka le escribió esa carta a su papá para explicarle por qué le tenía tanto miedo. Cien páginas. Nunca se la entregó. Y aun así, cien años después, la carta terminó encontrándome.
Hay algo que él describe que se me quedó pegado. No habla de golpes ni de gritos. Habla de algo más callado. De la manera en que su padre, sin proponérselo, le fue enseñando durante toda la infancia que lo que él hacía, decía o pensaba no importaba. No con una frase. Con mil gestos pequeños. Una risa en el momento equivocado. Una corrección sobre la forma justo cuando hablaba de algo que le importaba. Un papel que dejaba sobre la mesa sin leer.

Lo que más me movió no fue el daño en sí. Fue lo que Kafka dice que le quedó adentro después. Porque no le quedó una idea. Una idea la puedes discutir, la puedes pelear, te puedes decir a ti mismo que no es cierta. Lo que le quedó fue una sensación en el cuerpo. Algo que aparecía en el estómago, en la garganta, en las manos, justo antes de hacer algo importante. Antes de poder pensarlo siquiera.
Leí eso y algo en mí se quedó en silencio. Porque yo conozco esa sensación.
La conozco. Es ese momento en que estás a punto de dar un paso que sabes que quieres dar, y de golpe algo te frena. No es un pensamiento. No dice nada con palabras. Solo llega, te quita la fuerza y te deja dudando de algo que un segundo antes tenías clarísimo. Durante años creí que eso era yo. Que así era mi carácter y ya.
Kafka me hizo dudar de eso por primera vez.
Esa sensación es tan vieja y tan constante que deja de sentirse como algo que llega y empieza a sentirse como algo que eres. Ahí está la trampa. Se disfraza de carácter. Y entonces la defiendes, la vuelves tu manera de estar en el mundo, sin sospechar que no nació contigo.
Porque él lo entendió tarde, casi al final de su vida. Esas cosas que creía suyas no eran suyas. Eran el eco de algo que le pasó hace mucho, en una mesa, en una mirada, en un papel sin leer. No eran su carácter. Eran una huella.
Y me dejó una pregunta encima, incómoda. Cuánto de lo que creo que soy es de verdad mío, y cuánto viene de un clima que ya ni recuerdo. Me pregunto cuántas veces me habré detenido creyendo que así era yo, cuando a lo mejor solo obedecía algo viejo.
No tengo la respuesta. Y no quiero cerrar esto con una frase bonita, porque no la hay.
Kafka escribió su carta y no le sirvió para curarse. No deshizo el miedo. No lo volvió libre. Pero al escribirla le puso nombre a lo que cargaba. Y ahí hay algo.
Nombrar no cura. Cambia la relación con eso que antes parecía destino. Mientras crees que tu miedo es un rasgo tuyo, no hay nada que hacer, lo obedeces como si fueras tú. Cuando empiezas a sospechar que es un eco, algo se abre. Lo sigues escuchando, sí. Pero por primera vez puedes no confundirlo contigo.
La carta de Kafka nunca llegó a su padre. Ayer, sin buscarlo, llegó a mí. Y me dejó pensando no solo en lo que llevo dentro, sino en todo lo que tal vez ya no tengo que obedecer.
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