Sin permiso

Written in

by

Tal vez cada persona carga su propio absurdo.

Rara vez es una gran tragedia. Casi siempre es una contradicción íntima que se repite de formas distintas, como querer sentirse completamente seguro antes de permitirse vivir.

Queremos saber que no nos van a rechazar antes de acercarnos, que no vamos a salir lastimados antes de arriesgarnos, que todo va a salir bien antes de empezar. Le pedimos a la vida garantías que, por su propia naturaleza, no puede darnos.

Ahí aparece el absurdo. En el choque entre nuestra necesidad de claridad y una realidad que muchas veces se queda callada.


Hay historias que terminan sin explicarse del todo. Una parte de nosotros quiere entender qué pasó, qué significamos para la otra persona, por qué actuó como actuó, qué habría cambiado si algo hubiera sido diferente. Creemos que, si diéramos con la explicación exacta, el pasado por fin dejaría de doler.

Pero hay historias que no tienen una respuesta capaz de cerrar todo lo que abrieron.

Y aunque llegara esa respuesta, quizá no cerraría todo lo que esperamos que cierre. No devuelve el tiempo ni vuelve posible lo que ya no fue. A veces la salida está en aceptar que algo pudo ser importante, habernos transformado, y aun así dejarnos sin el cierre que imaginábamos.

Nadie tiene que fingir que ya no le importa. Hay cosas que todavía pueden doler; la diferencia es que ya no gobiernan lo que decides. El punto es dejar de obedecer cada recuerdo, cada posibilidad imaginada, cada pregunta que regresa disfrazada de esperanza.

Lo mismo ocurre fuera del amor. Queremos saber que el esfuerzo va a rendir frutos, que el cuerpo que construimos nos hará sentir suficientes, que el trabajo será reconocido, que la decisión tomada no terminará convirtiéndose en un error. Cambia el escenario, pero la exigencia es la misma: queremos vivir únicamente cuando el resultado ya esté asegurado.

Camus veía la vida como una tensión entre nuestro deseo de encontrar un sentido definitivo y un mundo que no siempre responde. Su salida era vivir de todos modos.

Actuar sin garantías. Acercarse aunque exista la posibilidad del rechazo, amar sabiendo que no podemos controlarlo todo, empezar otra vez sin exigirle a la vida que esta vez prometa ser justa.

Rebelarse contra el absurdo es, en el fondo, dejar de pedirle permiso a la incertidumbre.

Durante mucho tiempo creemos que la vida va a empezar más adelante. Cuando ya no tengamos miedo, cuando estemos listos, cuando alguien nos elija, cuando entendamos el pasado, cuando por fin nos sintamos suficientes. Pero esa promesa siempre se corre un poco más lejos. La vida empieza cuando dejamos de esperar esa versión perfecta de nosotros mismos.

Quedarse en ese presente, sin salir corriendo a otra parte, es una forma de sobriedad más amplia que dejar de consumir algo. Es no escapar de lo que duele: no anestesiarlo, no idealizar lo que ya no está, no destruirse para no sentirlo. Sostener el momento tal como es, aunque incomode.

A esa forma de estar presente casi siempre se llega después de un derrumbe. Algo que parecía firme se cae, y durante un tiempo no hay nada que ordenar ni a quién reclamarle. La reconstrucción llega lento y a pedazos, con lo que quedó, sabiendo que la forma de antes ya no va a volver. La cicatriz se queda; con el tiempo deja de doler cada vez que la miramos y termina siendo solo la marca de por dónde pasó el fuego.


Nada de esto va contra la fe. Quizá sea otra forma de estar frente a Dios, dejar de exigir conocer todo el plan y aceptar que el resultado no está en nuestras manos. La fe no borra la incertidumbre, pero permite caminar dentro de ella.

Haré lo que me toca. Lo demás no depende de mí.

Entregarle algo a Dios es reconocer que hay preguntas que no vamos a resolver, personas que no vamos a cambiar y finales que no vamos a dirigir.

Y aun así, el día sigue. Todavía está el café, una conversación que no esperabas, una película, una risa tonta, el sol entrando por la ventana. Pequeños placeres que no resuelven el misterio de estar vivos, pero hacen que valga la pena estarlo.

Tal vez el absurdo personal sea ese: querer estar completamente seguro antes de exponerse a vivir. Y la respuesta, más sencilla y más difícil de lo que suena, sea actuar aun con miedo, amar sin garantías, cuidar el cuerpo sin usarlo como prueba del propio valor, recordar sin regresar, confiar en Dios sin exigir respuestas y vivir el presente aunque queden preguntas abiertas.

No hace falta entender la vida por completo para vivirla.

Leave a comment

The Stack Overflow of My Mind

Debugging life, one post at a time