Singularidad

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Voy a cambiar un poco el tono de lo que he venido escribiendo. Estoy pensando esta entrada como si estuviera teniendo una conversación con Luis Andrés R., porque este tipo de conversaciones son las que tenemos. La última que recuerdo de esta índole fue cuando fuimos a ver la UFC 326, allá por principios de marzo. No sé en qué pelea íbamos cuando nos desviamos del tema, pero salimos hablando de algo que no tenía nada que ver con lo que fuimos a ver. Siempre nos pasa.


Hace unos días escuché a Sam Altman decir en un podcast (la verdad lo vi en un TikTok) que ya estamos dentro de la singularidad. Así lo dijo, sin ceremonia. “This is the moment”.

Lo primero que sentí no fue curiosidad. Fue ansiedad. De la que se instala en el pecho y no se quita con argumentos.

Y argumentos tengo. Sé que no está usando la definición estricta del término. No existe una IA mejorando su propia arquitectura en un ciclo cerrado. Sé también que el tipo tiene todos los incentivos del mundo para narrar su producto como un evento histórico. Todo eso lo sé y no me sirvió de nada.

Me quedé pensando por qué una frase de podcast me pudo mover tanto. Y creo que la frase nada más destapó algo que ya venía cargando.

Hace unos meses escribí sobre lo que se pierde cuando todo funciona al primer intento. En ese momento lo pensé como un tema de oficio. Ahora lo veo distinto. Lo que sentí ese día fue que mi presencia era opcional. El código salió bien sin mí. Escrito así suena dramático, pero así se sintió. Y esa sensación no se quedó en el trabajo.

Uno pertenece a los lugares donde su participación tiene consecuencias. A un equipo, a una profesión, a los amigos. Si faltas, se nota. Ese es el acuerdo. Y la ansiedad viene de la sospecha de que se está renegociando sin preguntarme. Qué lugar nos queda cuando lo que sabíamos hacer ya lo hace otra cosa?

También está el tema del tiempo. Siempre he asumido que va a haber margen para adaptarme. Aprender otra cosa, cambiar de rumbo, entender la herramienta nueva antes de que sea obligatoria. Una curva exponencial se come ese margen. Algo extraordinario se vuelve rutina antes de que alcances a procesar qué cambió. Y en medio de eso llegan dos mensajes que no cuadran entre sí, porque los que construyen esto juran que va a cambiar todo y los críticos insisten en que sigue siendo una herramienta estadística con buena prensa. Sospecho que los dos tienen algo de razón. Vivir parado entre esas dos frases cansa.


Con todo eso encima me hice la pregunta obvia. Cuál es el límite? Hasta dónde va a llegar?

Busqué respuestas técnicas y no hay una demostrable. Hay límites físicos, claro. Energía, chips, centros de datos. Exponencial no significa infinito. Pero mientras leía me encontré con algo que no esperaba, y es que la pregunta es más vieja que nosotros. Ya la habíamos contado en forma de mito mucho antes de tener GPUs.

Me acordé del mito de Faetón. Faetón era hijo de Helios, el dios que cruzaba el cielo todos los días llevando el Sol en un carro tirado por caballos. El muchacho le pidió a su padre manejarlo por un día. Helios le advirtió que no tenía la fuerza ni la experiencia. Faetón insistió, perdió el control de los caballos y casi incendia el mundo.

Me quedé atorado en un detalle de esa historia. El carro nunca falla. Funciona perfecto todo el tiempo. El problema son las manos que sostienen las riendas.

Ahí caí en cuenta de algo incómodo. Yo, que me vanaglorio de ser el hombre de las 24 horas, que tanto repito lo de vivir un día a la vez, aquí ando queriendo saber el final de una historia que apenas está pasando, y que me está pasando a mí. Quizá la ansiedad viene de ahí, de querer leer el desenlace desde adentro del libro.


No tengo una postura cerrada y desconfío de quien la tenga. Lo que voy intuyendo es que el límite va a estar en qué cosas decidamos no entregarle a la máquina, aunque pueda hacerlas. Escribirlo es fácil. Sostenerlo cuando la herramienta está ahí, haciéndolo todo más rápido que yo, es otra cosa.

Por lo pronto me quedo con la ansiedad puesta. No voy a fingir que un mito me la quitó. Pero saber que estas preguntas ya se hacían hace miles de años, sin resolverse, me acomoda algo por dentro. No estoy solo en esto de vivir un cambio que no alcanzo a ver completo.

Solo por hoy, suelto la pregunta.

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